El 8M – Pasado y recuerdo

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La tragedia que inspiró a esta jornada, se remonta al año 1908, donde 129 mujeres murieron en un incendio dentro de la fábrica Cotton, de Nueva York, Estados Unidos, establecimiento que había sido «tomado» en el entorno de una huelga en la que pedían una reducción de la jornada laboral a 10 horas, y un salario igual al que percibían los hombres. En la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas realizada en Copenhague en 1910, Clara Zetkin propuso y se aprobó la celebración del «Día de la Mujer Trabajadora», que se comenzó a celebrar al año siguiente:​ la primera conmemoración se realizó el 19 de marzo de 1911 en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza. Desde entonces y hasta hoy la conmemoración ha tenido ribetes particulares según los logros obtenidos por la mujer que no son sino parte de aquellos por las que se inmolaron las 129 mujeres de Cotton.

En las memoraciones locales, nacionales o internacionales la búsqueda de mujeres que aportaran a la humanidad o a la sociedad de su entorno se han multiplicado y así heroínas como Macacha Güemes activista de la guerra de guerrillas sostenidas en el norte del país en el largo camino de la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata hasta Maria Salomea Skłodowska-Curie, ​​ más conocida como Marie Curie​​ o Madame Curie, aquella física y química polaca nacionalizada francesa, pionera en el campo de la radiactividad y primera y única persona en recibir dos premios Nobel en distintas especialidades científicas: Física y Química, hay un muy largo camino sembrado de nombras femeninos que se han destacado en el camino de la artes y de las ciencias y hay infinito material escrito acerca de todas ellas.

Insistir al respecto me pareció ocioso hacerlo y sin ningún aporte valorativo a eruditas páginas escritas al respecto por lo que centré mi pensamiento que plasmé tardíamente en el nombre de dos humildes mujeres con brillante trayectoria en la docencia que aportaron un cúmulo de tanto y que algo habrán hecho para que, a esta altura de mi vida, las recuerde con tanto afecto y más que el que tuvieron tan enjundiosas damas citadas precedentemente o, que sin citar, forman parte de la cuantiosa bibliografía que desborda  respecto a esta conmemoración.

Graziella Rois Correa una señora de aparente apellido de alcurnia como que los Rois Correa fueron una distinguida familia rosarina. Algunos de sus miembros dejaron un indeleble sello en la cámara de diputados de la Nación allá por los años 50 del siglo que pasó. Graziella Rois  -como ella gustaba que la llamaran- fue la mujer que tomó mi brazo de niño de siete años y me hizo entrar al aula desde donde ella con la mayor simplicidad derramaba el conocimiento que como maestra normal tenía. Había llegado a su aula temeroso y asustado guiado por otra componente del elenco docente de la Escuela «Fiscal»  -como se le llamaba a la escuela pública-  Nº 54 «Gral Manuel Belgrano»-  quien sostenía que yo  -el pequeño y asustadizo niño-  no estaba para perder un año de aprendizaje en el «Primero Inferior» porque sabía leer y escribir. Convencida de ello, la Srta. Adela  -de cuyo apellido no logro acordarme-  me llevó al aula de «Primero Superior» donde estaba la Srta Graziella. La que me tomó del brazo, me introdujo al aula, me dio un pedazo de tiza y me dijo que escribiera una palabra en el inmenso pizarrón que tenía ante mi vista. En ese acto y con letra de imprenta escribí la palabra «FUEGO» con mucha seguridad. Bastó eso para que la Srta Graziella dijera que, efectivamente yo me quedaba en su aula, bajo su responsabilidad y que terminada la jornada iba a realizar los trámites administrativos correspondientes. Dicho sea de paso, mis padres no sabían nada de todo esto y se enteraron sobre el cierre de la jornada cuando vinieron a retirarme. Explicación que estuvo a cargo de la propia Srta. Graziella.

De allí en más nació una relación distinta con ella. De un acendrado catolicismo, la Srta Graziella solía ir con frecuencia  y antes de la hora de entrada a la iglesia María Auxiliadora que estaba en diagonal con mi casa paterna. Infinidad de veces, cuando mi padre o mi madre salían conmigo para llevarme a la Escuelas que estaba distante cuatro cuadras, nos encontrábamos circunstancialmente con la Srta Graziella que bajaba las escaleras del templo y donde nos encontrábamos  y ella se ofrecía gentilmente  -y para evitar la caminata a mis padres-  a llevarme dado que nuestro destino era común: la escuela Belgrano.

Tomaba con su mano derecha el grueso portafolios que contenía un abultado material pedagógico con que nos dictaba clases y con la izquierda la mía, cediéndome el lado de la pared como resguardándome de lo que pudiera eventualmente suceder y en la credibilidad de una mayor protección,  emprendíamos el camino de esas cuadras  de distancia que a mi me generaban un estado de ánimo muy especial porque había que sostener el diálogo distendido, infantil, casi diría ingenuo con una persona mayor que no era cualquier persona sino mi Maestra. Asi llegamos hasta el cuarto grado: mismos compañeros, mismo staff docente, una nueva directora en el trayecto que reemplazaba al Director muerto en trágico accidente que nos había conmovido a todos. No recuerdo haberla visto nunca a Graziella con guardapolvo blanco y siempre vestida, por el contrario, con indumentaria negra u oscura.  Por entonces y en octubre nos fuimos anoticiando que el año siguiente la Srta. Graziella no iba a ser nuestra maestra. En quinto grado nos esperaba otra maestra que quizás me transmitió mucho más conocimiento pero no me dio ese «sweet»  y el sabor de aquellos diálogos de no recuerdo qué pero que supimos mantener «de igual a igual» durante esos cuatro años de crecimiento.

Pasado ese quinto grado, que fue como una piedra en el zapato, cuatro díscolos pero buenos alumnos en conducta y aplicación nos rebelamos contra lo que hoy llamaríamos el autoritarismo docente e instamos a nuestros padres a cambiar de escuela. Nos quedaba un solo año, el sexto grado (porque yo soy de los que llegué hasta allí), el último escalón que nos conduciría hacia las puertas del secundario.

Y nuestros padres, imagino que contrariados pero con mucho respeto por nuestras decisiones, nos llevaron a terminar la escuela primaria a otra escuela «Fiscal». Más distante, más lejana, donde nos esperaban  treinta compañeros que jamás habíamos visto en nuestra corta vida y otra maestra, una señora más joven que Graziella, más alta que Graziella, de apariencia más docente que Graziella, con impecable guardapolvo blanco. Era la Escuela Nº 56 «Almafuerte» la de la calle Salta, a la que debíamos ir en tranvía porque estaba como a diez cuadras de mi casa y volver caminando porque los «cuatro rebeldes» vivíamos más lejos pero en igual dirección lo que hacía que el trayecto de vuelta lo hiciéramos solos porque, como la nueva Maestra le había dicho a nuestros padres, estábamos en la preadolescencia y ya casí éramos los portadores de los pantalones largos y de la entrega de la llave de la puerta de casa.

Lidia A. de Belinsky era el nombre de la nueva señorita que era señora casada y con cuatro hijos así que,  si de entender las conductas de las infancias  -como ahora dicen-  se trataba, más que experiencia tenía. Más que la Srta Graziella que era una señora grande pero soltera y sin hijos. De entrada fue un nuevo trato. Era dirigirse a ella como «señora» y no «señorita» y verla a diaria con guardapolvo impecablemente blanco y atildada al frente de su «sexto grado» que era el «B», observando nuestro comportamiento en el cotidiano acto de izamiento de la bandera mientras en el edificio escolar resonaban los acordes de «Aurora».  Del patio o del hall,  al aula y allí, no más sentarnos, desarmar nuestro bagaje y la Sra Maestra empezaba todas las primeras horas de todos los días de clases con sus «cálculos mentales» que nos había preanunciado el primer día de actividad escolar y que muy bien sabían nuestros nuevos compañeros porque era vox populi de camadas anteriores que era una práctica que la señora de Belinsky implementaba año a año en sus alumnos del ciclo terminal de la escuela primaria.

No todo era matemática  -aunque si un gran porcentual de preguntas se referían a esa ciencia que involucraba geometría euclideana y del espacio y aritmética con los problemas de «regla de tres» o «regla de tres compuesta», o sumas y restas con decimales o hectolitros y decilitros junto a kilómetros y metros. Todo a resolverlos sin la ayuda de la inexistente calculadora portátil y sin siquiera la de un lápiz. A funcionar las neuronas a pleno y a tener en cuenta que en la medida que los minutos pasaban las dificultades de los ejercicios eran mayores y que a medida que los días pasaban también crecían esas dificultades para resolverlos. Y en ese juego de potencias y raíz cuadrada, de problemas de porcentuales, de preguntas intercaladas de ciencias sociales que ponía en juego la memoria… transcurría una intensa primera hora que todos esperábamos, anhelantes, terminara. Después vendría el resto de la actividad escolar de la que puedo haberme olvidado pero de lo que nunca me olvidaré sería la agilidad mental que aprendí a desplegar con «mi maestra de sexto grado».

Graziella Rois Correa, mi maestra de la Belgrano, me enseñó a ser bueno, pausado, educado con otras personas,  y Lydia A. de Belinsky   -mi maestra de la «Almafuerte»-  me enseñó a prestar atención hasta en el detalle, a resolver situaciones sin el auxilio más que de la mente, a valorizar el tiempo en la resolución del problema y a tomar decisiones en lapso más breve posible.

Quiero conmemorar a la mujer en su día, invocando y recordando a estas dos mujeres fundamentales en mi vida. Con una aprendí a ser persona, con la otra a ser lúcido. Con ambas a leer, escribir y pensar que es lo que nos diferencia de los animales. No es poco.

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