29 de agosto: DIA DEL ABOGADO

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En Argentina se conmemora en la fecha que es el nacimiento de Juan Bautista Alberdi en 1810. Considerado uno de los pensadores más importantes de Argentina en el siglo XIX, Alberdi fue un destacado jurista, diplomático, escritor, periodista y músico. Su vida se destaca debido a que sus actos, en materia legal, llevaron a la solución de muchos de los problemas sociales, económicos, políticos y legislativos que aquejaban a la Argentina en aquella época. En 1852, escribió el libro que obraría como primer documento de trabajo para los constituyentes: “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina” y que fue el cimiento principal de nuestra Constitución Nacional.
Nada más propicio que haber elegido esa fecha para celebrar el “Día del Abogado” y para reflexionar, cada vez que este día llega, acerca del rol y protagonismo que le cabe a esta profesión dentro de los esquemas de cambio de toda índole que la sociedad actual atraviesa.
Tradicionalmente el abogado es formado para el litigio, lo cual no debe ser desatendido,  pero tampoco constituirse en objetivo único dentro del esquema de formación. Pienso que  debe acentuarse el desarrollo de nuevas competencias del egresado en Derecho, como líder social, consciente de las necesidades del colectivo, ante lo cual deberá ser un crítico de la realidad con sentido ético y moral a fin de poder asesorar al individuo de forma integral, y, de ser necesario, abogar para que se creen y se implementen nuevas instituciones dentro del ordenamiento jurídico, que permitan otorgar seguridad y verdadera justicia al conglomerado social.
Pareciera que ha llegado el fin de aquel abogado que permanece enclaustrado, en una oficina esperando que el problema llegue hasta él; y una vez que ello ocurre, pretende resolverlo de una forma que dé espaldas al entorno social. El nuevo profesional debe ser proactivo, dinámico, capaz de ubicar el dilema por sí mismo y solventarlo con plena conciencia de las necesidades del colectivo.
La educación del abogado, y de cualquier profesional, debe ser democrática, lo que significa que al alumno se le debe estimular a participar activamente en el proceso formativo, y se le debe permitir cuestionar y criticar la enseñanza que recibe, el estilo pedagógico del docente, entre otros aspectos, todo ello, dentro de los parámetros preestablecidos. Ese mismo carácter democrático trae como consecuencia el hecho de que la educación superior deberá ser inclusiva, sin que se permita dentro de ella ningún tipo de discriminación.
Debe el abogado tener una clara conciencia del sentido ético de sus actividades. Los cambios sociales, tecnológicos, educativos, políticos y culturales han influido de manera preponderante en las ciencias jurídicas determinando al Derecho como instrumento social, que debe aportar soluciones a los conflictos de la sociedad desde una nueva visión del Derecho, ligada a la vigencia de los Derechos Humanos y a una incorruptible solvencia moral. 
El ejercicio de la abogacía impone dedicación al estudio de las disciplinas que impliquen la defensa del Derecho, de la libertad y de la justicia. Debe estar al servicio del ser humano en la sociedad que siente la influencia y se ve afectado por la realidad.
La defensa del Derecho es porque este organiza a la sociedad y asigna a cada persona una posición y un rol determinado. Establece un marco de actuación de cada persona y grupo social proporcionando seguridad a los individuos, a esos grupos sociales y al propio Estado que se ha dictado sus instituciones a través de la ley primigenia, vértice de la pirámide jurídica de Kelsen y que no es sino la Constitución Nacional.

La defensa del Derecho que ejerce el abogado se hace en tanto y por cuanto el Derecho organiza al Estado, regula su funcionamiento dentro del marco republicano, institucionaliza un sistema de seguridad donde todos los ciudadanos son iguales ante la ley, cumple una función de prevención y educación y encamina a los sujetos de la sociedad civil a adoptar comportamientos considerados socialmente como positivos.

La formación del abogado ha de tener como norte la justicia, presentándose como elemento esencial del ejercicio de la profesión, ya que no es posible manejar un Derecho sin justicia porque dejaría incluso de ser Derecho para transformarse sencillamente en formas de dominación formal de los fuertes contra los débiles. Ya incluso el conocido aforismo romano establecía: ubi non iustitia, ubi non potest esse ius (donde no hay justicia no puede haber Derecho).

El Derecho, concebido desde esta perspectiva, exige de los profesionales que a él se aboquen, orientarlo a potenciar el papel del fenómeno jurídico en la vida de hombres y mujeres; hacer realidad la justicia social, la seguridad jurídica y el bien común, consagrados en la Constitución de la República y a propiciar la transformación de las estructuras sociales injustas para garantizar la justicia anhelada por la sociedad.

Y por fin para cerrar me atrevo a decir que el mejor encuadramiento y homenaje al Abogado será responder con lealtad a la máxima VIII del Decálogo cuya autoría corresponde al brillante procesalista uruguayo Eduardo Couture:  Ten fe en el Derecho, como el mejor instrumento para la convivencia humana; en la Justicia, como destino normal del Derecho; en la Paz como substitutivo bondadoso de la Justicia; y sobre todo, ten fe en la Libertad, sin la cual no hay Derecho, ni Justicia, ni Paz.”