25 de MAYO DE 1810

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Hoy hace 211 años, se iniciaba el camino de la Libertad

Libertad en sentido amplio. En el sentido filosófico de la vida. Platón la entendía como autodominio racional. Según este enfoque una persona es libre si sus deseos racionales dominan sobre sus deseos irracionales y determinan sus acciones. Nietsche entiende que llegar a ser “persona” se identifica con “llegar a ser libre” lo cual supone ser capaz de conducirse y hablar desde “sí mismo”. Heidegger entiende por libertad aquello que hace posible la relación del hombre con el ente, en tanto se comporte implicándose en el desencubrimiento del mundo. Y en una concepción más mundana, más cotidiana, es la facultad o capacidad del ser humano de actuar según sus valores, criterios, razón y voluntad, sin más limitaciones que el respeto a la libertad de los demás.

Pero también son 211 años en sentido estricto. El antecedente más fuerte y concreto de la Revolución de Mayo fue el ensayo de Mariano Moreno: “La Representación de los Hacendados”. Un alegato, dirigido al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, en el que el abogado, político y también economista, tomaba el mandato de 20.000 productores de “frutos del país” que estaban sometidos al monopolio de España, corporizado en el Consulado de Cádiz en la ciudad de Buenos Aires. Moreno clama por la libertad de comercio. Paradojas de la historia de los argentinos: 200 años después, un compatriota nuestro de igual apellido fue el portavoz de la soberbia, del desagrado, de actitudes patoteriles, de ignorancia propotente intentó dar cátedra de las bondades del “vivir con lo nuestro” traducido en la “mesa de los argentinos”. Es decir un defensor cerril del proteccionismo medieval.

Aquel grito sagrado requirió enormes esfuerzos para ponerse de acuerdo. Mucha pasión, muchas vidas, mucho desencuentro. Mucha grieta durante más de cuarenta años. Hasta que en 1853 se logró la unión nacional, bajo una Constitución que permitió ordenar a la sociedad atrás de un proyecto que valía la pena. Y que era el mismo de la gesta de Mayo: desarrollar a pleno el potencial de los frutos del país, en lo que hace al comercio y desarrollar un eje que era Mayo-Caseros, donde alboraba la República inspirada en el legado liberal de la Revolución Francesa.

Cuando nos ordenamos, inventariamos el patrimonio que teníamos. Del cuero pasamos a la carne vacuna. Después vendrían los arados -hasta tanto se sembraba al voleo-. Llegó la alfalfa como componente alimentario básico. Las fuertes corrientes migratorias inspiradas en el lema alberdiano de “Gobernar es poblar” convirtió al puerto de Buenos Aires en un incesante llegar de barcos con seres humanos de distintas regímenes del mundo. Babel atracaba en Argentina. Y mientras ellos desembarcaban, otros barcos, en paralelo, salían del mismo puerto con la riqueza que la feracidad de nustra tierras brindaba para alimentar a Europa. Eramos el “granero del mundo”.  Detrá de los colonos, el alambrado que significaba ratificar la propiedad privada consagrada en el art. 17 de nuestra Constitución liberal. La historia nos dice que después llegó el molino, ya que la hacienda no podría ir libremente a abrevar a los arroyos. Más tarde el ferrocarril, los frigoríficos, los puertos. Pasaría un tiempo para que la típica cosecha con la hoz y el martillo  -símbolo claro de una dictadura en su bandera, pero del trabajo liberador en nuestra flamente Nación-  diera paso al “arado de vapor”, luego llamado tractor. Cuando hablamos de ferrocarriles, de frigoríficos, de puertos, sabemos que Inglaterra era el motor. Casi suficiente para que algunos exacerbados nacionalismos se pretendan colgar de este andamiaje potencial para criticar el proyecto de crecimiento que se iba consolidando casi al arribar al centenario de la fecha que hoy evocamos.

Pero perdimos el rumbo. Inglaterra encontró otros proveedores. La Argentina descreyó de su potencial agroindustrial, nos empezamos a justificar con una teoría económica que servía de plataforma a nuestra caída sosteniendo “el deterioro de los términos del intercambio” y apostamos a mil fórmulas diferentes que a través de ensayo-error nos condujeron siempre al error durante casi medio siglo.  Las guerras, el aislamiento, el populismo, “la industria pesada”. ¿Argentina potencia?.

Y llegamos al siglo XXI.  Un nuevo escenario. previsto en los años 70 cuando se vaticinaba científicamente que las sociedades que salían de la pobreza demandarían cada vez más proteínas animales. La  demanda de alimentos crecería exponencialmente, porque millones de habitantes saliendo de la pobreza iban a consumir más carnes de todo tipo.

Los chinos fueron por la soja, alimento del ganado. Después fueron por los cerdos y finalmente vinieron por la carne vacuna. La Argentina, cuya larga fama de calidad especial nunca decayó, a pesar de nuestras sinuosidades como exportadores confiables, finalmente encontró lo que esperó durante décadas: quebramos el mercado europeo, aquel con el que habíamos pasado al frente a principios del S XX   -cuando diccionarios de vieja data preanunciaba un país que asomaba con mayor dinámica que Australia o Canadá-  pero que debimos abandonar tiempo más tarde producto de las guerras y del desarrollo sostenido y sostenible de esos países, del libre mercado que ejercitaron siempre y de las uniones aduaneras que alcanzaron su pináculo con la creación de la Unión Europea y la zona de moneda única.

La carne vacuna es la economía regional más extendida del país. Hay ganado desde La Quiaca hasta Tierra del Fuego. Sistemas de produccción extensivos e intensivos, tecnología sofisticada, calidad genética y recursos forrajeros inigualables.

Hace apenas cinco años, los embarques de carne vacuna rondaban los 500 millones de dólares. El año pasado, superamos los 3.000. Es decir, se multiplicaron por 6. Volvíamos a pisar fuerte en el mapa mundial desde el nefasto 2006 cuando el ex presidente Néstor Kirchner decidió prohibir las exportaciones por 180 días. Pero los argentinos que nos deleita vivir al borde la cornisa imaginábamos que ante el caos macroeconómico habido había que empezar a buscar la mecha de la bombaa punto de estallar.  La semana pasada llegó el momento más temido: nuevo cierre de las exportaciones. Con argumentos infantiles. Y hasta con falsas expresiones  -producto del desconocimiento o de la mala fe-. Que el Presidente diga que cuando llegó el peronismo  (1945)  había 2 millones de cabezas y cuando se fue (1955), había tres… y reforzando su teoría dijo que ese era el número actual,  parece una tomada de pelo o una seria advertencia de que nos conducen ignorantes. Presidente:  en la Argentina hay, hoy… día de la Patria, más de 54 millones de cabezas. Con un error tan grosero jamás se podrá construir un diagnóstico certero. Y con esas medidas dictadas volveremos a perder mercados y la marca emblemática “Argentina” volverá a desaparecer.  

Es cierto. Con esas cifras, tremendamente equivocadas,  es muy probable que la Argentina no tenga carne para ofrecer. Ni mañana. Ni nunca.

Que saludable sería en un día como el de hoy,  comenzar la lectura de la “Representación de los Hacendados” escrito por ese numen revolucionario que fue Moreno… a Mariano me refiero.