LECTURA EN CUARENTENA.

7

EL CENTROJÁS SE SUICIDÓ AL AMANECER

(LA HISTORIA DE ABDÓN PORTE) Dante Panzeri

(El Ratón de Occidente, septiembre de 1976)

No fue un hecho sensiblero, y tampoco fue usado, jamás, para explotaciones comerciales como las hechas con la muerte de Gardel o con la muerte de Julio Sosa. El suicidio de Abdón Porte fue  sobrio, respetuosamente tratado y archivado, en aquel momento. Nunca se hicieron guitarreadas en torno de su muerte, seguramente demencial pero no por eso carente de las grandes resonancias sentimentales y filosóficas que dejó su determinación asombrosa para todas las épocas. De Abdón Porte no se ocuparon los comerciantes de la cursilería, sino el escritor Horacio Quiroga, que por entonces ya residía en su casa argentina de Misiones, consagrado a escribir sobre la selva y el río. La revista «Atlántida», de mayo de 1918, el mensuario argentino de mayor jerarquía de la época, le pidió a Horacio Quiroga que se ocupara del suicidio de Porte, y Quiroga lo hizo diciendo «… lo que llevaban a pulso por espacio de una legua, era el cadáver de una criatura  fulminada por la gloria, para sufrir lo cual es menester haber sufrido mucho tras su conquista. Nada, menos que la gloria, es gratuito. Y si se la obtiene así, se paga fatalmente con el ridículo, o con un revólver sobre el corazón».

Es el caso-récord mundial de amor a una divisa deportiva. Abdón Porte, centre half de Nacional de Montevideo, desde 1911 a 1917, también de las selecciones uruguayas, se suicidó con un balazo en el corazón en su puesto de la cancha del Parque Central, en el amanecer del día 5 de marzo de 1918… ¡porque lo iban a excluir del equipo y su vida ya no tenía sentido si no podía servir a Nacional! Allí la «garra celeste», periodísticamente proclamada recién en 1935, en Lima.

El heroico y mundialmente único fútbol uruguayo está poblado de leyendas hechas realidad. Tiene los cuatro títulos mundiales. Tiene el primer canto del poeta al héroe del estadio futbolístico («Polirrítmico dinámico a Gradín», del peruano Parra del Riego, por Berta Singerman). Tiene conseguido a patadas que el mundo incluyera al Uruguay en los mapas. ¿Qué cosa admirable o inverosímil no pasa por el fútbol uruguayo? También registra este caso realmente estremecedor.

El perro del canchero de Nacional lo localizó muerto a Abdón Porte.  Fue a buscar a su amo, y lo llevó hacia el sitio del centrojás elegido por el suicida. La decisión estaba acompañada por una carta. Pedía que se lo sepultara junto a sus ex compañeros de club, los hermanos Bolívar y Carlos Céspedes, otros dos próceres tricolores, muertos por una epidemia con muchas víctimas fatales en el Uruguay. La solicitud fue inmediatamente complacida. El fútbol uruguayo fue siempre buen custodio de este tipo de valores sentimentales. Todo lo emotivo es atesorado por ellos como riqueza nacional espiritual. Originariamente, Porte había  jugado para Colón y Libertad. Se incorporó a Nacional en 1911, debutando contra Dublín en el puesto de zaguero derecho. Desde el siguiente año, sería el centre half titular, con asombrosa constancia, durante seis años ininterrumpidos. Aún se lo ve integrando el primer equipo tricolor en un amistoso del 3 de marzo de 1918 , primer partido del año, que Nacional gana 5-1 a Charley. Dos días después, Porte se suicidaba.

Dos teorías discutieron su decisión: la de que estaba mentalmente enfermo; y la de que no resistía moralmente su inminente exclusión del equipo, en el que ya se pedía la titularidad de otro grande del fútbol uruguayo, Alfredo Zibechi.

Los discursos de su sepelio tuvieron pasajes propios del fútbol heroico que había representado este «Indio» también llamado «El Canario», jugador eminentemente fuerte, pujante, luchador, con poco juego y enorme laboriosidad. Uno de ellos concluía diciendo: «Camarada: sobre tu tumba depositamos tus compañeros una rama de olivo que ciña eternamente tu frente de vencedor, y del jardín de nuestra vida escogeremos para ti las mejores margaritas a fin de que te lleven con su aroma el recuerdo inolvidable de tus compañeros.  Descansa en paz». Luis Scapinachis, ex futbolista, amigo de Porte, dice en su libro  «Gambeteando frente al gol» (Montevideo, 1964): «“El Canario” quería a Nacional con pasión. Soñaba con el cuadro pujante de los Céspedes, dándole todos sus bríos, sus entusiasmos, y por último, su vida, suicidándose en el medio del field del Parque Central. ¿Por qué se mató? Porque anidaba en su corazón y en todo su ser, el deseo de vestir siempre la tricolor, y cuando empezaron a flaquearle las piernas cargadas de victorias, ante la cruel perspectiva de ser eliminado del conjunto, optó por eliminarse».

Sea consentida una metáfora dentro de lo inédito del episodio: de gestos como este, el fútbol uruguayo está lleno, pese a que en su historia solamente hubo un único Abdón Porte suicida por verse fuera del puesto de su obsesión por el fútbol. Y digo que está lleno, porque el fútbol uruguayo se hizo grande con ese tipo de interpretación del fútbol como hecho condicionante de la vida. Uno de los comentarios periodísticos que acompañó a Porte en su partida decía: «Si el ejemplo, si la enseñanza, si el sacrificio, no es algo que se va definitivamente con la materia, es entonces la hora de decir que Porte deja una escuela de principios…».

Realmente cierto. Aquel acto de locura, acaso de enfermo digno de lástima, era el efecto de unos principios por los que no parece sensato morir ni jamás se reclamó la ofrenda de ninguna vida, pero que encontraron en ese «Indio» fuerte, alto, quizá mentalmente muy limitado, un intérprete del más alto nivel emocional, que como tal dejaba efectivamente aquella lección. Y no tanto para el fútbol, cuanto para otros menesteres más importantes de la vida. La lección, desde luego, ni apuntaba a la apología del  suicidio, que afortunadamente no tuvo hasta ahora imitadores dentro del nivel de Abdón Porte. Pero sí apuntaba a lo que los uruguayos cubrieron históricamente con mil demostraciones diferentes, heroicas todas, demostrativas de que la lección de Porte les había llegado muy fuerte, tratándose de lo que se dio en llamar el amor a la camiseta.  Que no es otra cosa que el amor a la dignidad. Y Abdón Porte la tuvo en el más alto nivel que podía ofrendar su desesperación en medio de su limitado alcance intelectual.

No hay país más grande que el Uruguay que haya hecho, en fútbol, lo que los uruguayos hicieron siendo los más chicos, y por eso mismo, los más grandes. Es que todo lo superlativo del fútbol uruguayo, tuvo grandeza por la inmensa cuota sentimental que hizo siempre mayores a sus grandezas, sus leyendas hechas realidades. La conciencia de ser chicos, de ser pocos, de ser pobres se transmitió tan fuertemente de unos a otros en ese pueblo, que obró como un factor más determinante del matiz heroico que siempre alcanzaron su hazañas en fútbol, que así se hizo un preceptor de la misma vida uruguaya. Se hicieron fuertes por ser chicos, pocos y pobres. Y al fútbol encararon como un dogma de la disciplina social para enfrentar a la adversidad. Y ciertamente que el fútbol sirvió a esa consigna. En él tomaron aliento los uruguayos para soportar la obligada humildad de su vida  diaria.

Como argentino, confieso mi gran admiración por ellos. Siempre les envidié que nosotros, justamente por ser territorialmente grandes, materialmente ricos, y demográficamente muchos en relación con ellos, no hayamos sabido encarar los años fáciles con aquella filosofía de humildad que hace doblemente sabrosas a las conquistas de lo que impone lucha y sacrificios. Los uruguayos tienen desde 1918 el único caso en el mundo de un jugador de fútbol  que se ¡suicida en su sitio habitual en el campo de juego…!

¡Porque lo van a sacar del equipo al iniciarse su decadencia! Y de aquel gesto, los uruguayos tomaron un modelo de dignidad. Esos gestos no se organizan. Ni servirían si se hicieran con cálculos de repercusión en los demás. Esos gestos valen cuando se producen con la espontaneidad, el anti cálculo, y la plena sinceridad de las cosas emotivas que llenan nuestras vidas. Es recién allí que ese tipo de héroes pasa a ser monitor de conductas colectivas, de sentidos filosóficos y éticos de la vida, como los uruguayos acreditaron ante todo el mundo pateando una pelota de fútbol, con la que realmente ¡a patadas! entraron en la geografía universal. Como que en 1924, en París, debieron fingir que hacían acto de respeto ante su himno mientras los franceses hacían escuchar una marcha brasileña que creyeron era la canción patria de Uruguay… cuya bandera izaron al revés porque tampoco la conocían (el sol estaba para abajo…). Todo eso no los hizo sentir desafiados como machos. Los hizo sentir desafiados como pequeños, como pobres, como humildes. Y allí fue que aprendieron a desafiar esa realidad jugando al fútbol, pateando un cuero inflado al grito de una dignidad rebelde como aquella de:

¡Arriba, muchachos, que a estos crudos los tenemos cocinados!

O aquel otro de…—¡Vamos a ganar porque tenemos que ganar! A esos gritos nunca los dicta la plata, sino la dignidad. Puede parecer tangolería. Puede que lo sea. Pero a ese pueblo todo eso le hizo bien. No lo hizo chabacano. Lo hizo luchador, sufrido, dignamente humilde. Y entonces sus alegrías tuvieron sobradas razones para multiplicar el alcance y el sabor de la felicidad. Porque los manjares que se disfrutan espaciadamente siempre tienen mucho mejor sabor que aquel manjar que los ricos comen todos los días. Valoriza mucho más, las pocas cosas dulces de la vida, el pobre que el rico. «La miseria migliora al poppolo», dijo Benedetto Croce (y el fútbol profesional lo prostituye, digo yo). Carlos Manini Ríos, hijo de un diplomático, narra su recuerdo infantil del primer título mundial de los uruguayos en 1924, y describe a su padre, ministro de Relaciones Exteriores del Uruguay, en aquel día inolvidable, escuchando los parlantes callejeros que emitían telegramas de París, de esta manera: «El Ministro también estaba en suspenso mientras redactaba un borrador con su escritura fuerte y abierta, en letras que se desdoblaban porque la presión de la mano abría la punta de la pluma. Escuchó a Corney (el relator Liberto Corney) gritando ¡goooooollll…! ¡goollllllll!, ¡goooolllll! en el mismo momento que don Fermín Carlos de Yéreguy entraba a su despacho con una carpeta en la manos.

—¡Rasquetita! —le gritó el Ministro al asombrado Introductor de Embajadores, que no atinaba a comprender aquella entusiasta explosión. —¡Rasquetita!… ¡Gol de Rasquetita!… — insistía el Ministro.

—¿Quién es Rasquetita, señor Ministro?

—¡Si no sabe quién es Rasquetita retírese del despacho!

En el estrecho corredor, el espantado Yéreguy tropezó con el entusiasta elenco de colaboradores del Ministro, que  venía a congratularse, y exclamó:

 —Están todos locos. Esto no tiene ni pies ni cabeza. Trastornar a Relaciones Exteriores por un asunto de patadas a una pelota…

Cuando minutos después se supo que aquel gol de Rasquetita (Héctor Scarone, hermano de Carlos, El Rasqueta) había sido de penal, el Ministro se sintió un poco defraudado, porque no le gustaban del todo los goles de penal, aunque fueran bien cobrados. Le gustaban los goles de cancha, y especialmente los de habilidad y colocación, más que los de feroz pelotazo…».

La nacionalidad uruguaya se plasmó, durante muchos años, sobre todo cuando no se hablaba de dinero, con un fútbol así interpretado, tanto por un desgraciado Abdón Porte como por un ilustrado Ministro de Relaciones Exteriores. Cada cual a su manera, los dos de una misma manera: con la dignidad por delante. La dignidad de chicos, de pobres. Nosotros no tuvimos el mismo aporte de nuestros ídolos de los estadios.-